No tengo estudios de educación física, ni ningún tipo de
conocimiento de medicina. Pero la experiencia me ha demostrado, una vez más,
que hacer ejercicio perjudica seriamente la salud.
Este fin de semana, habían quedado mi marido y un amigo para
jugar a lo que ellos llaman “un ping-ponazo”. Ellos suelen jugar los domingos en
un Club del que son socios, y esta vez me habían invitado a ir con ellos. Como
yo, lo que viene siendo el ping-pong pues ni fu-ni-fa, comme si comme ça,
pensé: “para jugar al tenis de mentira, pues no … pero si voy también a nadar,
guay. Amortizo la entrada…” Así que el sábado, me depilo. No me pruebo el
bañador porque, como no es bikini, tampoco puede haber grandes mutaciones no??
El viernes por la noche salimos. Hamburguesa enorme y litros
de alcohol. Se hizo tarde. Los machotes se rajaron respecto al tema de madrugar
al día siguiente. Y yo recordé que al igual me había depilado para nada! Así
que les obligué a mantener la cita con el pingpong.
Me arrepentí a las 9 de la mañana del domingo, cuando sonó
el despertador (menos de cinco horas después). Pero ya era demasiado tarde. Mi
marido me arrastró fuera de la cama, fuera de la habitación y, una vez en el
pasillo, me obligó a ponerme en pie.
Después de dos horas de ping-pong
(en que ejercité, principalmente, los músculos del cuello siguiendo con
atención la pelotita, cuando hacía de árbitro, y los de las piernas corriendo
detrás de la bolita, cuando hacía de recogepelotas…), tras haber perdido con
humillación las tres o cuatro partidas que me dejaron jugar.. Me fui a la
elíptica. 15 minutos. Los tres primeros, con dignidad. Después ya me fui a
tumbar al banco que hay en la sala del ping-pong. Tras todo ello, quedaba el
momento piscina. Ese momento en que vuelves a ponerte el bañador. La silicona
que mantiene el bañador y las tetas en su sitio, se ha dado de sí. Las tetas y
la barriga, también. Por ello, se masca la tragedia.
Con la poca dignidad que me
quedaba, me puse el gorro-condón y salí a la piscina con las piernas aún
temblando. Manolo se empeñó en enseñarme a nadar con arte y gracia. Mission
Impossible, ya que estoy afecta por graves problemas de
coordinación-sincronización y patosidad aguda. Encima no se le ocurre otra cosa
que decirme, a mí y a mis lorzas sin contención, que tengo que ser “como una tabla lisa en el agua”. Gracias, Manolo.
Tronchante.
Bueno, la cuestión es que DESPUÉS
DE UNA FUCKING HORA ENTERA NADANDO (no vuelvo a ir a la piscina con gente.. no
puedo hacer eso de nadar 10 minutos y descansar 30), le digo: “Manolo, te
vienes a comer a casa”? Yes. Pues allá que vamos. Como estamos en plan
“deportivo”, no pongo objeción (externamente) al tema de ir andando hasta
casa. No pasa nada! Tampoco pasa nada
si, por el camino, pillamos atún, pimientos asados, masa para coca, pan, etc
para añadirlo al menú. Tras 15-20 minutos andando con el casco en mano, el pan,
la bolsa de la compra y la bolsa de deporte al hombro (con lo “imprescindible”
para el gym: bañador, gorro, gafas, chanclas, pantalón de deporte, sujetador
deportivo, camiseta, otra camiseta, ropa interior, más ropa interior –por si
acaso-, la ropa interior usada, una toalla para la piscina, otra toalla para la
ducha, otra toalla para el pelo, neceser, libro, secador, difusor, crema del
sol, candado, bambas… etc) al llegar a 70 metros del destino… me doy cuenta que
me he dejado las llaves en casa.
A la desesperación por tener que
VOLVER a arrastrarme de vuelta a casa de Manolo, con la bolsa al hombro, bolsa en brazo y
casco en mano, se unía el terror por tener que comer…de lo que hay en su
nevera.
Durante el camino de vuelta,
mientras aguantaba las burlas sobre mi alzheimer incipiente y sobre mi poca
tonificación muscular, tuve dos ideas reveladoras: que Manolo debería avisar a
su nueva compañera de piso, para decirle que iba a ir a comer con gente a su
casa (para evitar que estuviera en bragas en el momento presentación). La
segunda, comprar pizzas. Así, me ahorraba mirar la fecha de caducidad de lo que
iba a comer. Pero la compi no contestó al mensaje. Ni estaba en casa. Después
nos dimos cuenta que a lo mejor el mensaje de Manolo había dado lugar a algún
tipo de confusión: “estás en casa? Es que estoy llegando con una amiga.” La
chica le escribió tres horas después: he ido a correr y ahora estoy por el
born, paseando…. (la imaginamos haciendo tiempo para no volver a su propia
casa!! Pobre!!).
Después de comer…. Siesta para reponer
las cuatro horas de sueño? NO. Tuve que seguir con mi “pose deportiva” y no
desplomarme (aún)… pues habíamos quedado en casa de Lorenzo y Tania (que no viven
precisamente cerca) con Martín, para que me diera las llaves de casa. Allí el
ambiente seguía siendo deportivo: el ritmo frenético con el que competían a
tenis…con la wii, me dejó molida. El nene de nuestros amigos lloraba, cansado,
porque no le dejábamos dormir. Y yo me sentí TAN IDENTIFICADA CON ÉL…
Lorenzo vive tan lejos que, a la
hora de regresar, podríamos haber cogido un avión que nos dejara en el Prat.
Pero volvimos en metro (40 minutos más de pie, porque “ché, boluda, que onda, dejá los asientos LIBRES para las personas
enfermas o mayores”). Por “suerte” no llevaba conmigo la bolsa y el casco,
y no tuve que arrastrarlos por Barcelona y periferia. Pero eso significaba que
tendría que VOLVER otra vez a casa de Manolo y de allí VOLVER a caminar hasta
mi casa. Cuando recogí mis cosas, me di cuenta que hubiera debido sacar de la
bolsa las toallas y el bañador mojados. Allí se había creado un microcosmos con organismos que, por
desgracia, no se desplazaban por sí mismos (lo que hubiera facilitado su
transporte hasta mi casa), pero que APESTABAN como un zoológico entero!
El problema es que ahora me
duelen todos los músculos del cuerpo. Imposible determinar si es por la
natación, la elíptica, el pingpong… o por lo que pesaba la bolsa! Pero está
visto, que el DEPORTE NO ES PARA MÍ!

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